Audiovisión

AUDIOVISIÓN. Textos extraídos y adaptados de "Audiovisión", Michel Chion. Paidos, Madrid. 1992

Wednesday, April 27, 2005

Las tres escuchas

Las tres escuchas

1.- Primera actitud de escucha: La escucha causal

Definición

Cuando hacemos hablar a alguien sobre lo que ha oído, sus respuestas suelen impresionarnos por el carácter heteróclito de los niveles en los que se sitúan. Y es que hay – al menos – tres actitudes de escucha diferentes, que apuntan a tres objetos diferentes: la escucha causal, la escucha semántica y la escucha reducida.
La escucha más extendida es la primera, la escucha causal, la cual consiste en servirse del sonido para informarse, en lo posible, sobre su causa. Puede que esta causa sea visible y que el sonido pueda aportar sobre ella una información suplementaria, por ejemplo en el caso de un recipiente cerrado: el sonido que se produce al golpearlo nos dice si está vacío o lleno. O puede que sea invisible y que el sonido constituya sobre ella nuestra principal fuente de información. La causa puede además ser invisible, pero identificada, por un saber o una suputación lógica a propósito de ella. También aquí, sobre este saber, trabaja la escucha causal, que pocas veces parte de cero.
No habría que ilusionarse, en efecto, acerca de la exactitud de las posibilidades de la escucha causal, es decir, sobre su capacidad de proporcionarnos informaciones seguras y precisas a partir sólo del análisis del sonido. En realidad, esta escucha causal, que es la más extendida, es también la más susceptible de verse influida... y engañada.



Naturaleza de la identificación causal

La escucha causal puede realizarse en diferentes niveles.
Unas veces reconocemos la causa precisa e individual: la voz de una persona determinada, el sonido de un objeto único entre todos.
Pero este reconocimiento se hace pocas veces sólo a partir del sonido, fuera de todo contexto. Apenas hay nada, fuera del individuo humano, que emita, mediante su voz hablada, un sonido característico suyo y sólo suyo. En cambio, diferentes perros de la misma especie tienen el mismo ladrido. O en todo caso, lo que viene a ser lo mismo, no somos capaces de diferencia el ladrido de un bulldog de otro bulldog, o incluso del de un perro de raza semejante. Si se supone que los perros son capaces de identificar entre cientos de voces la de su dueño, es muy dudoso que ese pueda discernir entre todas, con los ojos cerrados y sin informaciones suplementarias la voz de su perro.
Lo que disimula, en este caso, esta diferencia de nuestra escucha causal es que, cuando estamos en casa y oímos ladrar en la habitación vecina, deducimos lógica y naturalmente que se trata de Dino o de Toby.
Al mismo tiempo, una fuente reconocida no siempre puede nombrarse. Podemos muy bien escuchar todos los días a una locutora de radio cuyo físico y nombre ni siquiera conocemos; eso no nos impide en modo alguno abrir en nuestra memoria una ficha descriptiva vocal y personal de esta locutora, ficha en la cual dejamos temporalmente en blanco su nombre y otras características (color de pelo y rasgos de su rostro, que su voz, naturalmente, no delata).
Pues hay una gran diferencia entre lo que podría llamarse tomar nota del timbre de voz de un individuo, e identificar a éste, tener una imagen visual suya, memorizarla y darle un nombre.
Segundo caso: no reconocemos un ejemplar, un individuo o ítem único y particular, sino una categoría con causal humana, mecánica o animal: voz de hombre adulto, motor de sierra, canto de un gorrión.
De modo más general, en casos aún más ambiguos – y mucho más numerosos de lo que se cree – lo que reconocemos es sólo una naturaleza de causa, la naturaleza misma del agente: “Debe ser algo mecánico” (identificado por un ritmo, una regularidad justamente llamada mecánica); “Debe ser algo animal o humano”, etc. Se localizan entonces, a falta de algo mejor, ciertos indicios, en especial temporales, de los que intentamos servirnos para deducir esta naturaleza de causa.
También podemos, sin identificar la fuente en el sentido de la naturaleza del objeto causal, seguir con precisión la historia causal del propio sonido. Por ejemplo, conseguimos seguir la historia de un roce (acelerado, precipitado, ralentizado, etc.) y sentir cambios de presión, de velocidad y de amplitud, sin saber en modo alguno lo que roza y cómo lo roza.



2.- Segunda actitud de escucha: La escucha semántica

Llamamos escucha semántica a la que se refiere a un código o a un lenguaje para interpretar un mensaje: el lenguaje hablado, por supuesto, y también códigos tales como el morse.
Esta escucha, de funcionamiento extremadamente complejo, es la que constituye el objeto de la investigación lingüística y ha sido mejor estudiada. Se ha observado en particular que es puramente diferencial. Un fonema no se escucha por su valor acústico absoluto, sino a través de todo tipo un sistema de oposiciones y de diferencias.
De suerte que, en esta escucha, podrán pasar desapercibidas diferencias importantes de pronunciación, y por tanto de sonido, si no son pertinentes en el seno de una lengua dada. La escucha lingüística en francés es insensible por ejemplo a ciertas variaciones importantes en la pronunciación del fonema “a”.
Desde luego, la escucha causal y la escucha semántica pueden ejercitarse paralela e independientemente en una misma cadena sonora. Oímos a la vez lo que alguien nos dice, y cómo lo dice. En cierto modo, la escucha causal de una voz, por otra parte, es a su escucha lingüística lo que la percepción grafológica de un texto escrito a su lectura.
Hay que precisar que la investigación lingüística ha intentado distinguir y articula percepción del sentido y percepción del sonido, estableciendo una diferencia entre fonética, fonología y semántica.

La diferenciación entre una música tensa, triste, alegre o banal nos habla también de una decodificación de relaciones afectivo-musicales herederas de nuestra cultura, relaciones sobre las cuales el oído puede reconocer giros melódicos que evocan claramente una u otra emoción.



3.- Tercera actitud de escucha: La escucha reducida

Pierre Schaeffer ha bautizado como escucha reducida a la escucha que afecta a las cualidades y las formas propias del sonido, independientemente de su causa y de su sentido, y que toma el sonido – verbal, instrumental, anecdótico o cualquier otro – como objeto de observación, en lugar de atravesarlo buscando otra cosa a través de él (el calificativo “reducida” se ha tomado de la noción fenomenológica de reducción de Husserl).
Una sesión de escucha reducida es una experiencia muy instructiva: los participantes acaban advirtiendo en ella que tenían la costumbre, al hablar de los sonidos, de realizar un vaivén constante de la materia de esos sonidos a su causa y a su sentido. Se dan cuenta de que hablar de los sonidos por sí mismos, limitándose a calificarlos independientemente de toda causa, sentido o efecto, no es empresa menor. Y las palabras analógicas habituales revelan aquí toda su ambigüedad: tal sonido es chirriante, decimos, pero, ¿en qué sentido? Chirriante, ¿es sólo una imagen, o no es sino una remisión a una fuente que chirría? ¿O la evocación de un efecto desagradable?.
Se ven surgir entonces, ante esta dificultad de interesarse por los sonidos en sí, ciertos tipos de reacción específicos que son otras tantas defensas:sea la burla, la evocación de causas triviales. En otros la huida ante la descripción se traduce en pretensión de objetivar al sonido, recurriendo a máquinas tales como analizadores de espectro o cronómetros, los cuales no captan sino valores físicos y no designan lo que se oye. Una tercera actitud de repliegue consiste en atrincherarse tras un subjetivismo a ultranza: así, cada uno oiría una cosa distinta, y el sonido percibido seguiría siendo siempre irreconocible. Sin embargo, la percepción no es un fenómeno puramente individual, puesto que deriva de una objetividad particular, la de las percepciones compartidas. Y en esta subjetividad, nacida de una “intersubjetividad”, es donde pretende situarse la escucha reducida, tal como Schaeffer la ha definido muy bien.
El inventario descriptivo de un sonido en la escucha reducidad no puede contentarse con sólo una aprehensión. Se necesita reescuchar, y para eso, mantener el sonido fijo en un soporte. Pues un instrumentista o un cantante, interpretando ante nosotros, son incapaces de repetir todas las veces el mismo sonido: no pueden reproducir sino su altura y su perfil general, no las cualidades concretas que particularizan un suceso sonoro y lo hacen único.
La escucha reducida implica, pues, la fijación de los sonidos, los cuales acceden así al status de verdaderos objetos.

Pero, ¿para qué sirve la escucha reducida?, se deben estar preguntando.
En efecto, si el cine y el teatro usan los sonidos es, parece, sólo por su valor figurativo, semántico o evocador, en referencia a causas reales o sugeridas, o a textos, pero pocas veces en cuanto a formas y materias en sí.
No obstante, la escucha reducida tiene la inmensa ventaja de ampliar la escucha y de afinar el oído del realizador, del investigador y del técnico, que conocerán así el material de que se sirven y lo dominarán mejor. En efecto, el valor afectivo, emocional, físico y estético de un sonido está ligado no sólo a la explicación causal que le superponemos, sino también a sus cualidades propias de timbre y de textura, a su vibración. Paralelamente, en el plano visual, a un realizador le interesará mucho perfeccionar su conocimiento de la materia y de la textura visual, incluso aunque nunca realicen obras abstractas.

2 Comments:

Blogger Kalvin said...

Estimado alejandro:

Muchísimas gracias por publicar éste artículo en tu blog.

Buscando el significado de estas tres escuchas he podido comprenderlas perfectamente gracias a ti.

Un saludo desde España y gracias de nuevo!

10:48 AM  
Blogger Daniela Yanitza Ponce Miranda said...

Muy buena información. Era justo lo que necesitaba para comprender mejor este tema.

Gracias desde chile :D

6:22 PM  

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